A la ciencia y su comunicación pública les falta calle

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En alguna mañana del ochenta y más, noventa y menos, como todos los días, al llegar al “Cucc”, pasaba ineludiblemente frente a la oficina de Luis, el doctor Estrada, mi Mago Merlín, el director (en ese orden) del Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia. Recargado de un lado y atrás de la silla de su escritorio, Luis volteaba de reojo a ver quién -y seguramente a qué hora- se dirigía a su lugar de trabajo.

No acababa de asomarme a su puerta y darle los buenos días cuando me invita a sentar, hojear la revista Technology Review, dármela y sugerir que pusiera especial atención a un artículo que documentaba la facilidad de adaptación de la Fuerza de Trabajo barata en México a las nuevas tecnologías, a los nuevos instrumentos de producción de maquinaria mercancías, servicios y no reclamaban ergonomía en sus contratos. De eso hablaba el artículo de la revista especializada en Tecnología, arbitrada, y me pidió que le hiciera mis comentarios.

Siempre agradeceré a Luis Estrada esa confianza, esos retos y sus risotadas ante algunos de mis comentarios marxistas (de Groucho Marx), y los profesionales, en ese orden.

Yo estaba ahí por haber producido temas de la ciencia en Radio Educación, sobre todo ciencias de la Salud, pedagógicas y filosofía de la ciencia.

Para hacer esa radiodifusión de la ciencia que me invitaron a realizar, mi experiencia profesional y la de mi vida sumaban los andamios de mi quehacer. La biología evolutiva, la inmunidad de la especie, los organismos patógenos invisibles a la mirada, el enfoque científico de mitos creencias y fantasías convivían en casa desde mi infancia.

La “praxis” de mi vida me trasladó de la investigación en las ciencias biológicas a la de la Comunicación, como una disciplina del conocimiento, de las teorías, medios, mensajes, canales de la comunicación social de las poblaciones. Detectar, hurgar, entender, explicar la naturaleza, el cosmos y comunicarlo es la esencia de la evolución cultural de la especie, es lo que nos ha permitido enfrentar los retos que nos imponen la naturaleza y el cosmos.

Con esas herramientas en mente, le comenté a Luis: “ya nos asignaron el papel de maquiladores, Luis, olvídate de la comprensión, financiamiento y apoyo a la comunicación pública de la ciencia, y los colegas investigadores que se vayan haciendo a la idea de que no habrá Ciencia Grande.

“El problema de la investigación científica y su colocación estratégica en el Estado, el Gobierno, es que su papel ha sido un candelabro de Palacio Nacional, un adorno “elegante”, caro y decorativo, muy bello e impresionante, dije y digo. Además, Luis, no se ha sabido hacer “grilla”, no es cualquier ocurrencia, es una ciencia y una práctica social. A la ciencia y su comunicación “le falta calle”.

Ese artículo que me dio a leer el pionero de la divulgación universitaria de la ciencia, Luis Estrada, del que soy “hijo putativo” (¡cómo le dio risa), en mi experiencia teórica y práctica de la comunicación social, las ciencias sociales, me dieron perspectiva para definir con solidez lo que me tiene aquí comentándoles todo este, chisme.

Desde mi perspectiva de observador cotidiano de la ciencia como “mi fuente”, es que no se ha socializado suficiente y convenidamente su sorprendentita, su épica, su empatía con la especie, su fascinante creatividad para hurgar la naturaleza y el cosmos. Tal vez porque no interesa, no se sabe, no se forma, no se impulsa con seriedad y respeto crear las condiciones para su necesario lugar estratégico en el arsenal de un Estado soberano, el nuestro.

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