Los intereses políticos, económicos, encima de la salud pública

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En décadas de mis indagaciones sobre el comportamiento de la opinión pública en el mundo y la presencia en ella o no de la ciencia, encontré que cuando llega a tener una presencia sobresaliente en el espacio de los medios tanto en el espacio de atención como en el tiempo, no es la ciencia como fuente de la información que se difunde sino algún fenómeno alarmante relacionado con ella, como la explosión nuclear en Chernóbil, el asesinato de la bióloga especialista en simios, Diane Fosey (que llegó hasta las pantallas del cine)  o el colapso del vehículo espacial Challenger (ahora también muy difundido en las “streamers” en Internet).

Llamó mi atención el “accidente” del reactor nuclear de la ciudad de Chernóbil porque posteriormente hubo un reconocimiento por la prensa europea al periódico español catalán La Vanguardia, por haber abordado el acontecimiento de atención mundial desde una perspectiva de la física nuclear, de las ciencias medio ambientales y ciencias de la salud, concretamente al editor de la sección de ciencia de ese diario que después pasó a ser un responsable académico de la divulgación de la ciencia en la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, Vladimir de Semir. 

El estudio que realicé está sustentado en un modelo numérico muy elemental: el porcentaje de superficie impresa de las notas periodísticas relacionadas con la ciencia respecto la superficie editorial impresa total de cada número de tres diarios, en tres años. La base de datos permitía saber también el porcentaje de fuentes de la información, un porcentaje muy abultado fueron la agencias de información internacionales y muy raramente revistas especializadas, instituciones de investigación o la firma del reportero mismo.

Tengo evidencia de que durante la Covid 19, el comportamiento de la opinión pública sobre la pandemia a nivel local y mundial, como en los anteriores ejemplos que expuse, ha estado dominado por las agendas políticas, geopolíticas, ideológicas de los grupos de presión a nivel local, corporaciones transnacionales; en segundo plano (casi tercero) representantes de organismos académicos colegiados internacionales, locales; y muy tangencialmente las revistas de revisión por pares de ciencia, no obstante que se trata de un fenómeno biológico evolutivo planetario, con nuestra especie amenazada por otra especie compleja, agresiva y diminuta.

Una pandemia se confronta como una razón de Estado, estratégica, cual si fuera una invasión bélica. Los organismos universales, como el Mundial de la Salud, definen y comunican la “emergencia sanitaria” a todos los Estados miembros, la invasión de nuestra especie por otra especie. Con esa base, cada Estado mitiga el fenómeno de acuerdo a sus recursos y condiciones. 

El organismo es un virus desconocido, las consecuencias y tratamientos de su infección también. La población mayor de 60 años es vulnerable porque se conoce la inumosenescencia, la densidad de carga viral se propaga por las exhalaciones de los individuos infectados y la inhalación por boca y nariz del prójimo; el organismo no vuela, se transporta en nuestros cuerpos. Nada de esto prevaleció en las primeras planas, columnas de opinión o espacios informativos electrónicos.

Desde un inicio de la pandemia y como nunca antes en la historia, los avances de la investigación en las ciencias médico-biológicas estuvieron al alcance de todos, particularmente de los mediadores de la opinión pública en el mundo. Si este columnista tuvo acceso, es evidente que agencias y empresas de información pública también. Pero su interés era otro.

Sucesos como la vandalización de antenas de radiotelefonía celular por ciudadanos de países europeos, convencidos que tales antenas eran de tecnología 5G china (no lo eran) y propagaban el virus o deprimían el sistema inmune no eran hechos aislados a las versiones periodísticas del origen del virus diseñado en laboratorios chinos. La causa y origen de estas versiones había que buscarlas en la confrontación del poder geopolítico y no solo en la ignorancia de la gente, que solo replica lo que los medios publican. Ya lo hemos comentado en esta columna, y lo seguiremos indagando y compartiendo: Más daño ha hecho la infodemia que la pandemia misma, y la responsabilidad recae en los intereses de las empresas y agencias de información pública.

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